Mis citas

Cita de Juan José Millas en El País el 19 de Noviembre de 2009

"Los vocablos no sólo contienen definiciones, también tienen sabor, textura, volumen, que las hay imposibles de tragar, como el aceite de ricino y las que entran sin sentir, como un licor dulce.
Las que curan y las que hacen daño, las que duermen y las que despiertan. Las que proporcionan inquietud y paz. Hay palabras, incluso, que matan".
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lunes, 24 de diciembre de 2018

Las Saturnales



Las Saturnales (Saturnalia en latín) eran una de las fiestas que celebraban los romanos en honor al dios Saturno. Se festejaban en Templo de Saturno y en el Foro Romano.
El nombre de Saturnalia procede de el dios Saturno, que ara los romanos reinó en el mundo en el que todos los hombres eran iguales, ya que no había diferencias sociales y todos compartían el fruto de sus cosechas. Fue de hecho, el dios Saturno quien les enseñó a los romanos a cultivar la tierra, y por ello es adorado como el dios protector de la siembra.
La Saturnalia fue originada a partir de la festividad de los granjeros que ensalzaban el final de la temporada de la cosecha de otoño y en las que se le pedía al dios Saturno, que protegiera las nuevas semillas que tenían que soportar el temporal del duro invierno que se aproximaba, antes de comenzar a crecer con al primavera. 
Primeramente, se celebró el 17 de diciembre del año 497 a.C, aunque esta tradición que duraba hasta el 23 de diciembre, perduró y se fue festejando a a lo largo de los años. En estos días, los romanos decoraban sus casas con plantas y con velas. Se caracterizaba por la desobediencia de las normas sociales, por la abundancia de comida, bebida y todos los excesos de esa época. 
Algunos como el poeta Catulo, describieron los Saturnales como el mejor día del año.
Pronto, esta tradición se relegó a un segundo plano y comenzó a ser un momento de descanso después de un duro trabajo.
Cuando llegaba el día 17, las calles se decoraban y ciudadanos o no, salían a las calles engalanados de la forma más variopinta y mientras cantaban, bailaban y gritaban: Io Saturnalia!, que se traduce como "felices saturnales".
Los colegios permanecían cerrados, los los comerciantes, los obreros, los soldados e incluso los esclavos y criminales, descansaban y durante las fiestas no estaba permitido condenar a nadie.



La Familia y la Navidad: La Sagrada Familia



¿De dónde viene la tradición de estar en familia en Navidad?

Aunque no se sabe mucho sobre esto, se deduce que está relacionado con la Última Cena de Jesús, donde Él está junto con Sus apóstoles, o más relacionado con algo social, ya que estas fechas son perfectas para los niños que ven a sus familiares, quienes No vemos en todo el año.Lo más importante de la Navidad es estar juntos con la familia, para que podamos pasar un buen rato y disfrutar.

La Sagrada Familia

La Sagrada Familia está formada por Jesús y sus padres, María y José. Pocas personas celebran estos días el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, ya que es más una fecha para ver a la familia y para el disfrute de los niños, y tal vez nadie lo sepa, se celebra el 30 o 31 de diciembre. La creación de esta familia viene con el nacimiento de Jesús, que se especuló que en este momento reemplazaba la celebración del solsticio de invierno y otras fechas paganas tradicionales. Aunque se sabe que el nacimiento de Jesús no fue en invierno.





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domingo, 23 de diciembre de 2018

Navidades en Sudamérica


Las Navidades en Sudamérica 
En el sur del continente americano, las celebraciones se concentran en el 24 de diciembre, Nochebuena, y el 25 de diciembre, Navidad.
El 24 de diciembre se celebra con una cena en familia. Todo un festín que, en muchas ocasiones, termina con la tradicional Misa del Gallo, una vigilia nocturna que tiene lugar a media noche.
Los eventos familiares se alargan hasta el día siguiente, cuando las familias reciben sus regalos de Navidad, mientras que las calles y los hogares se llenan de villancicos populares.
Además, en los últimos años, la decoración navideña está ganando importancia en Sudamérica. Especialmente en países como Argentina y Brasil, donde el encendido del Árbol de Navidad en las grandes ciudades, que se suma a los tradicionales belenes, es todo un acontecimiento.
Entre ellos, destaca el árbol flotante de Río de Janeiro, en Brasil. Durante años ha sido el más grande del mundo, pero en esta ocasión, una semana antes de su inauguración, se partió en dos por una fuerte ráfaga de viento. Por ello, aunque iba a contar con 85 metros de altura, finalmente mide 53 metros y brilla como pocos gracias a sus dos millones de bombillas.



martes, 16 de mayo de 2017

Anuncio de Navidad 2014 por Christian T

Anuncio de la lotería 2014

Lo patrocina Maria Maroto

Que lo que tengas compartelo.





Están en navidad, la época de la lotería.

porque creo que siempre en todo momento tienes que tener esperanza, aunque sea muy difícil.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Las Saturnales y la celebración de Navidad



¿Cómo se evolucionó de las Saturnales romanas a la Navidad cristiana?No es una casualidad que los cristianos escogieran el último mes del año para sus fiestas de Navidad, ni el día 25 de diciembre para el nacimiento de Jesús.

En la Antigüedad, en torno al solsticio de invierno, los romanos celebraban una de sus fiestas preferidas. Se trata de las Saturnales, en honor a Saturno, el dios protector de la agricultura, de los sembrados y de las cosechas. Era el señor del universo en la mítica Edad de Oro, cuando los dioses y los hombres convivían en una gozosa armonía de infinita generosidad.

Era tal su importancia que, incluso, se le erigió un templo en el Foro de Roma, al pie del Capitolio. Este sagrado edificio era el depositario del Tesoro Público y el signo de la prosperidad del Estado, por lo que estaba vigilado de cerca por los cuestores.


En el interior del templo se encontraba la imponente estatua barbuda de Saturno. Estaba representado con una hoz en la mano y cautivo, ya que su pedestal estaba rodeado por una cinta de lana, a modo de grillete, para impedir que abandonase la ciudad de Roma y dejara de protegerla. Sólo quedaba libre de sus ataduras al llegar el tiempo de las Saturnales, a finales del mes de diciembre. Según Macrobio, escritor de los siglos IV y V d.C., la liberación del dios simbolizaba la irrupción hacia la luz de la vida humana tras diez meses de gestación. De hecho, en esos tiempos, decembris era el décimo mes del calendario de Rómulo, diez meses duraba el embarazo en cómputo inclusivo y, otoño, el tiempo en el que se recogían las cosechas. Era el fin del ciclo agrícola, simbolizado en una estrecha relación entre lo natural y lo humano, entre lo sagrado y lo profano. Era el tiempo en el que Saturno, en los días a él consagrados, podía campar a sus anchas por la gran urbe romana.
Durante la República romana, y hasta la dictadura de Julio César, la fiesta de las saturnales se celebraba el 17 de diciembre. Era el día en el que los senadores y los caballeros romanos, ataviados con sus togas ceremoniales, ofrecían un gran sacrificio al dios. A continuación, según la tradición, se oficiaba un gran banquete público que se finalizaba con el grito unánime de Io Saturnalia.


Desde los tiempos de César, se prolongó la festividad para que se pudiera honrar al dios Saturno hasta el día 19. Sus sucesores, Augusto y Calígula, añadieron sendos días y, con Domiciano, finalmente se decidió ampliar las celebraciones hasta el día 23 de diciembre. De esta forma, a finales del siglo I d.C., las Saturnales duraban ya una semana completa, en la que primaba el regocijo y la convivencia del pueblo. Del mismo modo, las numerosas actividades públicas eran suspendidas. No se impartían clases en la escuela, no había actividad política en el Senado y los tribunales de justicia interrumpían sus funciones. Los prisioneros, además, eran liberados y sus cadenas se depositaban, como agradecimiento, en el templo de Saturno. Hasta se llegaba a aplazar la ejecución de las penas capitales.

 

Como en nuestra Navidad, los romanos visitaban en este tiempo a sus amigos y familiares e, incluso, intercambiaban regalos con ellos. Eran fiestas de una permisividad excepcional, ya que las actitudes que estaban prohibidas o que eran inusitadas durante todo el año recibían licencia en las Saturnales. En este caso, relajaban leyes como la de los juegos de azar. Los romanos, así, veían crecer o mermar su patrimonio en el juego de los dados, las tabas y la lotería.

Los esclavos, durante estas jornadas, se vestían con las ropas de sus señores y despotricaban contra ellos, sin temor alguno, mientras que sus dueños les servían en la mesa. Se hacía una alteración de la jerarquía social, que ha quedado reflejada en la imagen que adorna el mes de diciembre en el calendario litúrgico de Furio Dionisio Filocalo, de mediados del siglo IV d.C., en el que simbólicamente aparece unos dados en la mesa y una inscripción marginal que dice: «ahora, esclavo, se te permite jugar con tu señor».

En las saturnales, como en cualquier fiesta romana, era importante la música. Era normal, por tanto, que en las saturnales saliesen a la calle músicos y coros que deleitaban las celebraciones con sus melodías y sus cantos. Los Ioculatores y acróbatas romanos actuaban en las calles y divertían a la gente con sus Iocus, o juegos acrobáticos y musicales. Acompañaban sus voces con tocando tibias, panderos y otros instrumentos musicales. En algunas obras artísticas incluso aparece representado el bardo, una especie de pandereta similar a la que conocemos ahora.

Las saturnales se vieron ampliadas hasta el día 23 de diciembre. Sin embargo, a partir del año 274 d.C., debido a la preocupación por el sincretismo religioso, el emperador Aureliano introdujo el culto siríaco del Sol Invicto, cuyo nacimiento se celebraba el 25 de diciembre. Ese es el día en el que el sol supera el solsticio y recobra su poderío de luz diurno. Desde aquel momento, la mayoría de las sectas reconocieron a su suprema divinidad, especialmente los numerosos seguidores del dios Mitra. La profusión de dioses, propios y ajenos, que se habían cobijado en las creencias de los romanos se acabaría reduciendo a este «Sol Señor del Imperio Romano».

En definitiva, el culto a Mitra inició el camino de una suerte de monoteísmo solar, que había estado precedido por las fiestas en honor a Saturno, y abrió las puertas al Cristianismo. Como es evidente, por oposición al paganismo, se cogió esa fecha tan significativa como la del nacimiento de Jesús, el sol de la justicia.



Así, de paso, se continuaba con la arraigada tradición de la celebración de las fiestas de diciembre y, al igual que los romanos de entonces, los cristianos siguen compartiendo la alegría, fomentando los juegos de azar, cumpliendo con los regalos y, claro está, celebrando copiosas comidas en familia.

martes, 22 de diciembre de 2009

La magia de la Navidad

Había una vez un niño muy pobre, al que le gustaba mucho la Navidad. Tenía cinco años y viví en una casa abandonada a las afueras de California. El niño era huérfano, y su mayor deseo era una nueva familia que le quisiera y le proporcionara un hogar.

Una tarde, el niño cogió un papel y un boli y empezó a escribir una carta para Papá Noel. La carta decía lo siguiente:
“Querido Papá Noel:El año pasado ha muerto toda mi familia, y para esta Navidad quiero encontrar otra familia para ser feliz. Te quiero mucho.”

Cuando acabó de escribir, dejó la carta al lado de la puerta y se fue a dormir. A la mañana siguiente la carta había desaparecido, y pensó en cuánto anhelaba que su deseo se cumpliera.

El día de Nochebuena nuestro amigo ya creía que su deseo no se haría realidad, y que al menos le haría feliz recibir un pequeño regalo por pequeño que fuera. Al caer la noche se acostó a dormir tapado por unos cartones.

Al despertar no daba crédito a lo que veían sus ojos. Estaba acostado en una cama dentro de una habitación llena de juguetes. Se levantó y bajó las escaleras de la casa. En el salón se encontraba reunida una familia alrededor de un árbol de Navidad lleno de regalos. La magia de la Navidad había hecho realidad todos sus deseos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Poema y canción


Todos tenemos muchas canciones que nos gustan, pero siempre hay una razón por la que elegimos una en cada momento. Yo ahora elijo LAST CHRISTMAS, de WHAM-GEORGE MICHAEL, por las fechas que se acercan y el mensaje que tienen sus letras. Si sabes inglés, piénsalo. Pistas: siempre hay alguien que verdaderamente te querrá!!!

Chorus:

Last Christmas, I gave you my heart
But the very next day, You gave it away
This year, to save me from tears
I'll give it to someone special

Last Christmas, I gave you my heart
But the very next day, You gave it away
This year, to save me from tears
I'll give it to someone special

Once bitten and twice shy
I keep my distance but you still catch my eye
Tell me baby do you recognise me?
Well it's been a year, it doesn't surprise me

(Happy Christmas!) I wrapped it up and sent it
With a note saying "I Love You" I meant it
Now I know what a fool I've been
But if you kissed me now I know you'd fool me again

Chorus

(Oooh. Oooh Baby)

A crowded room, friends with tired eyes
I'm hiding from you and your soul of ice
My God I thought you were someone to rely on
Me? I guess I was a shoulder to cry on
A face on a lover with a fire in his heart
A man undercover but you tore me apart
Oooh Oooh
Now I've found a real love you'll never fool me again

Chorus

A face on a lover with a fire in his heart
(Gave you my heart)
A man undercover but you tore me apart
Next year
I'll give it to someone, I'll give it to someone special
special
someone
someone
I'll give it to someone, I'll give it to someone special
who'll give me something in return
I'll give it to someone
hold my heart and watch it burn
I'll give it to someone, I'll give it to someone special
I've got you here to stay
I can love you for a day
I thought you were someone special
gave you my heart
I'll give it to someone, I'll give it to someone
last christmas I gave you my heart
you gave it away
I'll give it to someone, I'll give it to someone

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad


Como todas las mañanas Olen se despertó temprano, casi antes que el alba, en su caserío al norte de Pamplona. Pero, ésta no era una mañana cualquiera y ya el bonachón, jatorra y afable con todos, como lo describían sus vecinos, se vestía para comenzar las faenas del día.

No son esas faenas hoy las habituales del campo de todos los días y por eso su ropa era la mejor camisa blanca de los domingos, el pantalón azul marino sin ningún jirón, su mejor chaqueta de pana negra y sus albarcas y calcetines beige de lana pura de sus ovejas.

Tenía una cita esa noche, una cita más importante que la de un enamorado con su querida, pero que le daba mayor gratificación : ver otras caras con ojos brillantes, no se sabía si de sueño o de ilusión.

En el barrio de La Txantrea, un poco más tarde, era Balta quien se disponía a desayunar en su casa. Él sabía que esa comida del día era importante y tenía que estar cargada de energía, aún incluso más que para otras jornadas habituales de su trabajo en una fábrica de automóviles a las afueras de Pamplona. La tarea que tenía para esa noche podía ser, para mucha gente, tan monótona como colocar una pieza de ensamblaje en una carrocería de coche todos los días de seis de la mañana a ocho de la tarde, pero Balta sentía un hormigueo especial en su morena tripa cuando desde el quicio de la puerta oía los gritos de alegría de los niños. Sacó de un bául de blanco marfil un traje de colores vivos y dorados que su bisabuelo dio al padre de su padre y que él esperaba pasar a su hijo Aitor en pocos años. Se lo puso y lo acompañó de unas babuchas del mismo color del sol.

Mel es nuestro siguiente protagonista. Por su pelo canoso parecería que tenía 60 años, pero el pasado 3 de Diciembre, día de la Comunidad que le vio nacer, cumplió sus primeros cuarenta otoños en tierras navarras. Siempre había sido de pelo cano, desde jóven, y ya en el colegio de curas que estudió y donde conoció a sus amigos llamaba la atención por el color de su pelo. Ahora que se había dejado barba parecía incluso más mayor. A Mel no le gustaba llevar más joyas de las necesarias, como el añillo que heredó de su padre, un señor de negocios del Este de Europa, pero esa noche sabía que debía liderar al grupo de amigos en ese momento tan especial, y Mel sentía cómo le veían con respeto, aunque también percibía el temor de los más pequeños.

Eran las tres de la tarde y Casper estaba en el restaurante del Corte Inglés comiéndose un menú en la séptima planta del centro comercial. Allí se había acercado para cerrar los acuerdos con la prestigiosa marca comercial y desarrollar el negocio que tradicionalmente llevaba a cabo con sus amigos y socios anualmente. Aunque Casper era el más jóven de todos tenía gran capacidad de persuasión con sus palabrasy siempre embaucaba tanto a las mujeres y hombres como se ganaba a los niños. Seguramente por su cara juvenil, éstos últimos lo aclamaban al que más, y solía tener durante todo el año su correo electrónico abarrotado de mails y su buzón no soportaba más cartas, así que siempre tenía que coger un apartado de correos en la oficina del Paseo de Sarasate, a donde se había acercado antes del almuerzo.

Hacía poco que había pisado, de nuevo, tierras navarras. De hecho llegó al aeropuerto de Noáin a las 17 horas procedente del aeropuerto de Luton en Inglaterra. Chris era el mayor de todos, incluso mayor que Mel, sólo por dieciocho meses, pero era el mayor. Sus padres eran de un país del norte de Europa y se trasladaron cuando él era un niño al país de la Coca Cola, donde, como le contaron una vez, cambiaron el traje tradicional blanco por uno más colorado que era el que llevaba cuando bajó del avión. Ahora todos le conocían por Fat Chris, que podía ser por dos razones: una, porque era padre de dos preciosas niñas rubias; y otra, podría ser porque había perdido esa figura estilizada que tenía cuando jugaba a fútbol sala con sus amigos Olen, quien era el portero, Balta, Mel y Casper- quien lo presentó a los demás, pajes incluidos. A veces los niños eran al que menos entendían, sólo sabían repetir su risita aguda y estridente: “jojo”,pero era muy parecido a Olen, sobre todo, en su volumen y en su bondad.

Por fín, llegó la hora. La noche había caído en las calles de Pamplona, y aunque era medianamente temprano, no había nadie en la Plaza del Castillo. Parecía la noche propicia para un reencuentro entre varios amigos.

Se había echado la niebla en nuestra ciudad y nada se veía a más de dos metros de distancia, cuando de repente, de entre la bruma salieron ellos, cada uno de una esquina de la plaza: Olen, Mel, Casper, Balta y Fat Chris. Desde pequeños habían visto a sus familiares seguir esa tradición de generación en generación, pero cada uno en su tierra, en su país, cada uno por su lado. Ahora habían decidido unir sus tareas y empezar por la ciudad que les unió, Pamplona.

Los cinco amigos sabían que las ilusiones de los niños y adultos eran difíciles de cumplir, pero intentarían ayudar a todos. En su “patrulla” por toda la ciudad dejaban objetos materiales para todos los que se habían puesto en contacto con ellos, pero aparte sabían que en cada casa que visitaban sus habitantes verían realizados sus sueños de todo el año y, por eso, Olen, Mel, Casper, Balta y Chris se mostraban felices y creían que aunque sólo por un día la felicidad podía ser la gran protagonista de cada rincón de Pamplona.

Esta es una historia real y ficticia, de amor y amistad, de reencuentros y alegrías, de regalos y valores. ¿ Es eso la Navidad para ti ? Yo espero que sí, y está en cada uno de nosotros el que la Navidad no sólo sea un día al año, y que traslademos, de generación en generación, de padres a hijos, entre paises, culturas, razas y religiones diversas que el amor, la paz y la felicidad está en los más pequeños detalles y que debe estar presente en nuestros corazones cada día de nuestras vidas.




P.d.: Estoy de acuerdo con todo lo del rap excepto los insultos y el fin de Papa Noel, tan sólo que es un invento de los estadounidenses.

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Y la Navidad?

Dindón era un duendecito alegre y movedizo que vivía junto a su familia en una ciudad habitada sólo por duendes. Siempre estaba contento y hacía reír a los demás.

Si iba a la escuela, su mamá salía corriendo tras él para alcanzarle la mochila, si iba a jugar a la pelota, se acordaba al momento de patear que la había dejado en su casa.Dindón era famoso en su cuidad por perder las cosas, pero como todos lo sabían, cada cosa que aparecía y no tenía dueño, ya sabían a quién preguntarle.

Dindón amaba la Navidad. La esperaba con ansias y -siempre y cuando no los perdiera- le gustaba mucho leer cuentos y ver películas de Navidad. Sus padres no creían demasiado y por ende no le hablaban de lo que era realmente, por lo que el duendecito creció creyendo que la realidad era lo que le mostraban los libros y las películas. Mientras fue muy chiquito no hubo problemas, pero cuando creció las cosas se complicaron. Desde muy pequeño Dindón creció -como tantos niños escuchando historias de blancas Navidades- donde todos los paisajes se cubrían de nieve, los niños hacían muñecos con bufandas y los arbolitos más que verdes, eran blancos.
En las películas que veía ocurría también lo mismo, Papá Noel, muy abrigado, sobrevolaba con su trineo blancas montañas y sus renos tenían siempre la punta de nariz llena de nieve. En cada cuento, en cada relato y cada película Dindón se acostumbró a ver una Navidad blanca, paisajes con nieve, gente abrigada, árboles plagados de copos y renos con la punta de las narices muy frías.

Con el tiempo Dindón creció y ahí empezó la gran confusión. La primera Navidad que Dindón tuvo más conciencia de las cosas, se enfrentó a lo que él creyó era un grave problema.
Esperaba la Navidad con muchas ganas como siempre y también como era costumbre leía y releía los mismos cuentos y veía las mismas películas; las que le habían quedado, pues otras las había perdido.

Un día salió a la calle y se dio cuenta que, a pesar de faltar poco para el 25 de diciembre, el calor era realmente agobiante, el sol se había quedado como paradito firme arriba de él y todo brillaba bajo su luz. Nada encontró de blanco en el paisaje que veía, los verdes eran muy verdes, no había renos, sino perros callejeros cuyas narices no estaban para nada congeladas y por más que buscó y buscó no encontró ni un solo muñeco de nieve.

Comenzó a correr desesperado, creyendo que –una vez más- había perdido algo. Los otros duendes que lo vieron pasar corriendo y con carita de preocupado, le preguntaron qué le pasaba:

– ¿Dónde está? ¿Dónde está? Gritaba Dindón desesperado.
– ¿Dónde está ,qué amiguito? Le preguntaba los vecinos, creyendo que –como era costumbre- había perdido algo.
– ¿Dónde está? ¡No la veo, no la veo!
– ¿Qué perdiste esta vez Dindón? Se escuchó al unísono
– Perdí la Navidad. Se perdió, no está, la debo haber perdido yo. Sollozaba muy triste el duendecito.

Nadie entendía nada. Todos los duendes se miraban entre sí y finalmente miraban al pobre Dindón que no hacía más que llorar sin consuelo.

– ¿Cómo se va a perder la Navidad amiguito? ¿Qué estás diciendo? Preguntaban unos.
– Con este duendecito nunca se sabe. Decían otros. Vive perdiendo todo, a ver si termina siendo cierto y nos quedamos todos sin Navidad.

Cuando pudo calmarse un poco Dindón les explicó:

– La Navidad es blanca, tiene nieve, renos con la punta de la nariz como helados de agua, muñecos hechos en las plazas con narices de zanahoria, hace frío y los árboles no son verdes, pues están llenos de copos blancos que los cubren. ¡Todo eso se perdió! Volvió a sollozar nuestro amiguito.

Los demás duendes lo miraban creyendo que el pequeño no sabía lo que decía, pero en realidad sí sabía. Nadie le había enseñado lo que era la Navidad realmente y fue creciendo creyendo la realidad salía de un cuento o de una película.

– ¡Ya decía yo que este pequeño era un peligro! Miren lo que fue a perder ahora. Intervino un duende gruñón que nada entendía de ilusiones, creencias y Navidades.
– ¡Pero qué dice! Le contestó otro, ¿no ve que está confundido?
– ¡Es culpable! Decían unos que tampoco creían mucho en nada.
– ¡Culpable de qué! Retrucaban otros que no sólo creían, sino que sabían verdaderamente lo que era la Navidad y de qué se trataba.
– Creo que acá hay una gran confusión, dijo un duende viejito y muy sabio. Dindón no hay de qué preocuparse. Agregó.
– ¡Cómo que no! Lo que veo en nada se parece a cómo yo veo que es la Navidad. ¡Se perdió, se perdió y seguro yo tengo que ver con esto!
– Tranquilo amiguito. Aquí no se perdió nada. Lo que ocurre es que creciste sin que nadie te explicara se qué trataba y cómo era. Navidad, es siempre Navidad, haya nieve o sol, calor o frío. No pasa por el paisaje y lo que nos cuentan relatos o películas de otros países.
– No entiendo, no entiendo. Decía Dindón agarrándose su gorrito de duende temiendo perderlo.
– En Navidad celebramos el nacimiento del niño Jesús, para esta época en algunos lugares hace mucho frío, en otros, como nuestra cuidad, mucho calor. Lo importante es festejar junto a los seres que amamos que Jesús ha nacido y que con él, nacen nuevas esperanzas y una vida nueva para todos.
– ¿Y la nieve, y los renos con sus narices congeladas? Preguntó Dindón.
– Esa es la forma con la que representan en otros lugares, pero la Navidad es una, está en el corazón de cada uno, en el amor hacia los otros, en compartir con los seres queridos ese momento tan importante. Se trata de estar en familia, con calor o frío, con lluvia o sol.

Dindón miraba al duende viejo tratando de entender lo que nunca nadie le había explicado correctamente.

– Te repito amiguito, la Navidad no depende de lo que veas a tu alrededor, cada 25 de diciembre se produce el mismo milagro, el niño Jesús vuelve a hacer y lo hace en el corazón de cada uno de nosotros, los que creemos.
– ¡Ahora sí entiendo! Entonces no se perdió, yo no hice nada, no importa que nuestro paisaje no sea el que siempre vistió la Navidad para mis ojitos.
– Eso es, no busques afuera lo que está dentro tuyo, creo que sería bueno que hables con tu familia sobre esto ¿no te parece?
– ¡Gracias, muchas gracias amigo! Grito el duendecito y salió corriendo muy contento a su casa.

Por primera vez y gracias a la confusión de Dindón, su padres se pusieron a pensar que jamás le habían enseñado a su hijo de qué se trataba realmente la Navidad. Fue hermoso descubrirlo juntos, en familia.

Así fue que Dindón ,y sus papás también, aprendieron realmente que el milagro de la Navidad no vive en un copo de nieve, ni en un paisaje blanco. Es un milagro que año a año se renueva en el corazón de cada duende o persona que cree.

De todos modos y por las dudas, cada diciembre Dindón les recordaba a su familia y todos los que lo quisieran escuchar de qué se trataba la Navidad, no fuera cosa que el verdadero espíritu navideño volviera a perderse.

Una Navidad diferente

Cada año, cuando se acerca la Navidad, Goizeder y sus amigas, empiezan a hacer planes de que harán en esos días tan especiales, días en los que no hay colegio, no hay que madrugar, días especialmente para ir de compras y pasarlo bien, como todos los años. Lo que no sabían que este año, el destino les había preparado UNA NAVIDAD DIFERENTE, una Navidad que ninguna iba a olvidar jamás.

El 22 de Diciembre acabaron las clases para ellas, les quedaban por delante 17 días para disfrutar al máximo de esas esperadas vacaciones.
Ese mismo día quedaron para ir al cine, a la entrada del cine les esperaba la primera prueba de esa Navidad, una mujer no muy mayor, despeinada y con una mirada triste, estaba pidiendo limosna, con un cartel que decía: “No tengo dinero, no tengo casa, por favor aceptaré cualquier tipo de ayuda”.

Ellas en ese momento comentaron lo desagradable de la situación, pero no imaginaron que esa señora era el principio de su historia. Después de salir del cine, fueron a comer algo y después a casa.

Al día siguiente, quedaron en la parada del autobús para ir al cetro comercial. Una vez allí, estuvieron probándose ropa, puesto que sus padres les habían dado dinero para comprarse algo, aprovecharon también para comprar algún regalo para su familia, ya que al día siguiente era la noche del Olentzero y aunque ellas no creían en esas cosas, compraron un detalle para sus padres y hermanos.

A la salida del centro comercial, en la puerta sentado en el suelo, vieron a un hombre de unos cuarenta y tantos años, con barba de varios días y la ropa que parecía dos tallas más grandes de la suya, era de noche, hacía mucho frío y en un principio sintieron miedo y cuando se fueron acercando, vieron que había un cartel a su lado que decía: “No tengo dinero, no tengo casa, por favor aceptaré cualquier tipo de ayuda”, era su segunda prueba de la Navidad. Las cuatro amigas de miraron, pero no hicieron ningún comentario, se dirigieron a coger el autobús y quedaron en que al día siguiente irían a ver el desfile del Olentzero.

Por fin había llegado la Nochebuena, y como en la mayoría de las casas, habían preparado el árbol de Navidad y lo habían adornado con muchas cintas y muchas bolas. Esa noche vendría toda la familia a cenar, y aunque a ellas les agobiaba la visita de abuelos, tíos, primos… tendrían que aguantar, porque ya sabían que luego van los regalos, la paga… Y merecía la pena! Ya que este año, Goizeder había pedido un móvil nuevo, un ipod, y varias prendas de ropa y calzado, estaba deseando que llegaría la noche para que le dieran lo que había pedido.

A las cinco en punto, estaban ya todas en la calle, comentaban lo que habían pedido cada una y aunque no creían en el Olentzero, ni tampoco en los reyes, sabían que en su casa siempre había regalos para ellas. Se fueron a ver el Olentzero y les hacía gracia que los niños pequeños, le gritaban para pedirles regalos y entregaban sus cartas pensando que esa noche mágica el Olentzero pasaría sin que ellos le vieran y dejaría lo que ellos habían pedido debajo del árbol. Son cosas de niños y ellas aunque todavía tenían 12 años, pensaban que eso ya no era para ellas, que ellas eran ya suficientemente mayores para creer esas tonterías, para ellas la Navidad sólo era estar de vacaciones, gastar y recibir regalos, esa era su idea.

Cuando se dirigían nuevamente a terminar las últimas compras, en medio del alboroto de la gente que se iba a su casa a preparar la cena, se chocaron de frente con una niña de unos seis años que entre sollozos les dijo que se había perdido, se apartaron del lugar del alboroto y ya más calmada la niña les dijo que había acudido con su mamá a entregar la carta al Olentzero y como se perdió no había podido entregar su carta, tenía ojos tristes y encima se había perdido.

Las cuatro amigas le dijeron a ver si tenía el número de móvil de su madre o alguien de su familia y la niña contestó que sus padres no tenían móvil, a ellas les pareció raro que ninguno de sus padres tuvieran móvil en estos tiempos que hasta ellas tenían pero no le dieron importancia. Le preguntaron a ver donde vivía, y después de varios datos que les facilitó la niña decidieron llevarla a su casa. Por el camino la niña les dijo que sus padres no trabajaban, a ellas no les extrañó ya que sabían por varios de sus familiares, que el trabajo estaba muy mal y había poco.

Por fin llegaron al lugar donde les había guiado la niña, pensaron que se había equivocado porque entraron a un tipo de albergue donde había mucha gente. Entraron hasta dentro y al fondo estaba su madre que se abrazó en seguida a la niña, por la otra esquina apareció su padre y los tres se abrazaron un buen rato. Cual fue la sorpresa de las amigas cuando descubrieron que la madre era la mujer que habían visto en el cine pidiendo y el padre era el hombre de la ropa grande del centro comercial.

La pareja se acercó a darles las gracias a las chicas y después de invitarles a un chocolate caliente, les contaron la realidad de su historia, eran una familia normal, vivían en una casa muy bonita, pero el destino quiso que el padre se quedara sin trabajo, la madre tenía una enfermedad en los huesos y no podía trabajar, después de mucho luchar al final les quitaron la casa y se quedaran sin nada. En el albergue les proporcionaron alojamiento y comida, por eso estaban pidiendo en la calle, porque en poco tiempo de tenerlo todo, pasaron a no tener nada.

Las chicas se quedaron de piedra, se marcharon de allí muy tristes, pensando en esa pobre familia que podía ser cualquiera de ellas, al rato volvieron y le dieron los regalos a la niña, diciéndole que se habían encontrado con el Olentzero y se los había dado para ella.

Por fin comprendieron el verdadero espíritu de la Navidad, poder estar con tu familia y disfrutar de ella porque nunca sabes lo que te deparará el futuro.

martes, 24 de noviembre de 2009

Recuerdos de una mañana de Navidad.


Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de una niño de 8 años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel.

-"¿Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces variadas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras.

Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas. Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se hicieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años.

A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.Cuando pregunté a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito sin barba", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida rechazaba todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo para pegarles en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño"."¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y hablabamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione(natillas) de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente daba vueltas. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!

¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regalos del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos.

Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca .Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí. - Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con rabia.- No quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer grande y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo.

No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.- Ten – me dijeron -, toma esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.

Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, agarraba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?- Sí – respondí.- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos rechazarlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad. Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Un día de Navidad perfecto

Hace tres años tuve mi día de Navidad perfecto, tenía nueve años. Perdón no me he presentado, me llamo David, soy bajito y tengo el pelo y los ojos marrones y como ya entenderéis tengo doce años.

Bueno volvemos al cuento. El 24 de diciembre me desperté a las diez de la mañana, me levanté y desayuné colacao con galletas que es lo que desayuno siempre. Después tuve que acompañarle a mi madre a comprar porque hoy venía mi familia a comer.

Primero fuimos a comprar el pan, después a comprar una tarta y pastelitos y luego al supermercado a comprar lo demás.

Más tarde me llamaron mis amigos y fuimos a jugar al entonces patio de mi colegio. Estábamos jugando un rápido cuando de repente llegaron unos afroamericanos más mayores y querían quitarnos la portería. Como no eran muchos decidimos echarles un partido. Ganamos 4-3 porque teníamos un portero muy bueno e Ibai y yo metimos dos goles cada uno.

Era la una y volví a casa. Allí estaba toda mi familia esperándome para comer. Estaban mis primos de Barcelona, mis tíos de Madrid, mi abuela, mi primo George, mi primo Asier…Después de comer nos bajamos a la calle todos mis primos, mi hermano y yo. Ah, por cierto, mis primos de Barcelona se llaman Jesús y Laura.

Bueno a lo que íbamos. Cuando estuvimos abajo todos nos fuimos a enseñarles Burlada a Jesús y a Laura. Al volver subimos a casa y preparamos las cosas para el Olentzero. Salimos a las ocho y fuimos al Soto y esperamos al Olentzero, cuando llegó cogimos castañas pero como estábamos cansados nos fuimos a casa antes de tiempo. Nos fuimos a la cama y nos dormimos.

Perdido en la noche

Les presento a Frank, un hombre solitario sin apenas familia ni amigos. Es una persona arrogante y no muy alegre.

A Frank no le gustaba la Navidad y justamente era Nochebuena. Estaba solo en casa viendo la televisión sin nadie con quién estar. Tuvo la idea de darse una vuelta con el coche por el pueblo. Nevaba bastante pero a él le daba igual porque quería airearse un poco.

Sin darse cuenta ,se encontró en una montaña alta y no se veía ni el camino de la carretera. Estaba anocheciendo.Se salió de la carretera porque había mucha nieve en el camino y se le quedaron las ruedas en un pequeño barranco.

Frank se quedó con el miedo en el cuerpo. Como siempre ocurre en estos casos el móvil no tenía cobertura. Empezó a tener frío y prefirió poner el aire caliente del coche pero era mala idea porque nevaba mucho y se iba a quedar atrapado en la nieve así que salió del coche. Sus pies estaban mojados y sus manos heladas.

De pronto se vio perdido y por primera vez empezó a sentir miedo. Había oído hablar de esas historias de gente que se pierde en las montañas y aparece malherida o muerta… de su arrogancia le iba quedando poco.

De todas formas decidió ponerse en marcha para salvarse. Vio un pueblo a lo lejos y decidió ir a su encuentro, así por lo menos se salvaba.Las personas del pueblo miraron por las ventanas al pobre hombre helado y asustado.

Una pareja de ancianos que vivían solos decidieron acogerlo. El anciano le llamó y Frank se dió la vuelta hacia él. Le invitó a pasar a la casa, calentarse y cenar con ellos. Los tres pasaron la Nochebuena juntos. A Frank se le hacía raro compartir la mesa con extraños, pero estaba a gusto.

Así sin buscarlo pasó una de las mejores Nochebuenas de su vida. Por la mañana con la luz del día parece que se fueron todos los problema a la vez. La nieve se derritió, salió el sol y pudo ver el camino de vuelta a casa.

No se olvidó de sus nuevos amigos. De cuando en cuando iba a visitarlos y como eran bastante mayores les ayudaba en alguna tareas. Eso sí siempre evitaba los días de Invierno y sobre todo las nevadas.

Así es como Frank perdido en una noche de Invierno encontró un motivo para vivir algo más contento.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Recuerdos de una mañana de Navidad

Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de una niño de 8 años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos?

Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel.

"¿Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito.

Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años.

A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos.

Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño"."¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos?

Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regalos del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos.

Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.

- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.- Ten – me dijeron -, toma esto.En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones.

Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.

- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?- Sí – respondí.- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad

jueves, 12 de noviembre de 2009

La verdad de la Navidad y el saco de ilusiones.

Las cuatro de la mañana en punto. El sueño estaba entrando por el más mínimo poro de mi piel, y penetraba lentamente hasta cerrar del todo mis párpados; resultado de la noche anterior a la que había acudido toda mi familia y algunos amigos.

Todavía me acuerdo de la noche en que estaba tirada en el sofá, medio dormida y con una manta bien calentita encima. Si mis padres lo supieran...Pero en ese momento estaban profundamente dormidos en su cama adornada con objetos de Navidad, como toda la casa. A mi me gustaba porque daba una ambiente cálido a mi hogar.

Pero, no os he contado la razón de mi presencia en el salón a esas horas de la mañana. Sólo tenía seis años, así que no me echéis la culpa.

Bien, pues todo empezó el jueves del mes pasado. Mi amiga Valeria y yo hablábamos sobre los juguetes que nos iba a traer Papá Noel o Santa Claus, como lo queráis llamar.

-Yo le voy a pedir la nueva Barbie que ha salido, es la mejor.- Valeria me enseñó ilusionada el catálogo.

-Pues yo... no lo sé -dije yo-Estaba pensando en la muñeca que habla, es interactiva.

En ese momento pasó por allí una niña de quinto, y se puso a escuchar nuestra conversación y a intervenir en ella:

-Chiquilladas, eso de "Papá Noel" NO EXISTE -explicó la niña. -Son los padres los encargados de eso, es una tontería.

Mi amiga y yo nos quedamos heladas y ni cuando sonó el timbre nos movimos. Sólo me despertó la idea de que teníamos matemáticas y que nuestra profesora superestricta se iba a enfadar que no veas. La profesora tenía pinta de ser del grupo del ejército, siempre llevaba ropa ajustada; con el entrecejo fruncido, junto con sus ojos pequeñitos, daba la sensación de que siempre estaba enfadada y llevando siempre una regla en la mano, todos huíamos de ella. Me llamó varias veces la atención, pero en su clase no estuve atenta a ninguna explicación de ella, ni de nigún otro de las asignaturas siguientes; sólo pensaba en lo que me había dicho aquella niña de quinto. Me prometí a mi misma que se lo preguntaría a mis padres nada más llegar a casa y me sacarían de la gran duda.

Todo el recorrido que hacía lo pasé pensando en mi pregunta y no me dí cuenta del paisaje desolador que tenía a mi alrededor y que solía pararme a pensar.Todo estaba lleno de fábricas y de humo, coches y personas con prisa que no tenían tiempo ni de mirarte. Pero en ese instante no me daba cuenta de lo que pasaba en mi entorno y estaba absorta en mis pensamientos. Habia llegado a casa.

-Papá, mamá una niña del cole me ha dicho una cosa que es mentira ¿verdad?-pregunté yo.

-¿Qué pasa cariño?-me cuestionaron mis padres.

-¿Santa Claus existe?-les pregunté.

Yo les conté mi dilema, y me contaron unas cuantas cosas que puse en duda. Sobre todo porque no puede haber en una conversación tres 'hum', un ¿eh?, y dos ¿como?. Por eso decidí esa noche que vería a Papá Noel en persona.

Tras la gran fiesta, allí estaba, como contaba al principio, tirada en el sofá medio dormida. Estaba pensando en cómo entraría a mi casa, pues no teníamos chimenea, la puerta estaba cerrada con llave y el balcón estaba en la habitación de mis padres; así que no creo que puediera entrar por ninguna parte. Mis dudas parecía que se estaban haciendo realidad, porque no aparecía por ninguna parte y me estaba empezando a impacientar bastante. Yo estaba a punto de caer rendida ante el sueño inoportuno para mí.

Cuando ya mis ojos no aguantaron más, escuché un ruido. No supe nunca de donde provenía, pero lo que ví después me confortó. Un señor mayor bastante regordete me miraba con unos ojos extraños. Caminó hacia mí, y al caminar, se le cambiaban los ojos de color: Verde, gris,azules...Me encataban.

Tenía una sonrisa aún mas extraña, porque era una sonrisilla pícara y que encajaba con su bonita cara bonachona; En la que colgaba una larga barba blanca y tenía una nariz muy pequeñita en la que unas claras pecas le alegraban su faz.

-¿No deberías estar ya dormida, pequeña?-me dijo aquel hombre.
¡Era él! Ahora sí que ya estaba segura. No podía ser otra persona.
-Co,co...¿cómo has entrado?-Pregunté insegura.-Todo estaba cerrado y no creo que tengas ninguna llave de mi casa.
-Por la puerta de tu corazón-me explicó.
-¿Cómo?¿Qué?-estaba confundida.-Muchas amigas mías me han dicho que no existes, pero ahora sé que no es verdad.
-Tú has creido en mí, por eso me has visto; ellas no creen en mí, por eso no me verán nunca, y serán sus padres los que tengan que suplir mi labor.

En esos momentos me di cuenta del gran saco que, en toda su estancia no había soltado. Suponía que ese era el gran saco de juguetes que todos sabían que llevaba.

-¡Me lo dejas ver, por favor!-supliqué yo.
-Todavía no está hecho-respondió él .
-¿Cómo que no está hecho?¿me lo dejas ver?-dije de nuevo.
-Está bien-accedió.

Abrió el saco y no esperaba encontrar nada de lo que ví. Solo encontré brazos desrmados, trozos de pieles ... En fin juguetes que todavía no estaban bien hechos. Yo no entendía nada.

-¿Que es esto?-pregunté.
-Todo esto son las ilusiones de los niños y niñas que creen en mí. Papá Noel.

Y desapareció, dejando detrás de si los juguetes que yo había pedido, y nieve blanca en las calles del barrio donde yo vivía, y en las calles de mi corazón.

RUANDRE